Archivo mensual: febrero 2012

Fracasar es no intentar

La verdad es que temí no poder terminar la carrera, y eso me hizo pensar en no participar. Pero mi meta era demostrarme que podía, y lo logré. 

Más de 1,500 corredores, entre ellos salvadoreños, guatemaltecos, costarricenses, japoneses y estadounidenses, se dieron cita el domingo 19 de febrero para participar en la tercera Medio Maratón Yo Amo El Salvador.

En el calentamiento previo.

Acá les comparto un video que muestra cómo se veían los participantes minutos antes del inicio de la competencia: CFPNT

Minutos antes de iniciar la carrera acompañado de Loy, quien siempre me apoya en este y otro tipo de locuras.

Ya había participado en la primera edición, pero para esta no había entrenado. Así que cuando decidí inscribirme, me puse una meta humilde: terminar los 11 km.

Y cómo quería dejar constancia de que iba a correr, hice un video antes de comenzar. Acá les dejo mis palabras antes del banderillazo de salida:  G4DZS

Desde el inicio mi estrategia fue mantener un ritmo constante, lo cual me funcionó a la perfección.

Quince minutos después de iniciada la carrera, llegué a la avenida Jerusalén, a los 30 estaba en el redondel Masferrer, a los 42 logré llegar a la Plaza de las Américas (o Salvador del Mundo). Llegado a este punto, iba en perfectas condiciones y con un tiempo que no creía.

Dando el último cruce para llegar a la recta final.

 

Seré sincero: Cuando llegué al mercado de artesanías, frente al parque de pelota, sentí molestias en una pierna, entonces caminé  -rápido- por 30 segundos. Repetí la “estrategia” dos veces más. Cuando llegué a la pasarela frente a CIFCO, corrí sin parar hasta la meta.

Al final, hice un tiempo que ni yo me creía. Según mi cronómetro, me tardé una hora con 47 segundos. Al principio estimé que me tardaría al menos una hora y media.

A punto de cruzar la meta. Aquel momento cuando en tu mente suena la música de "Rocky".

Y como estaba emocionado por cómo me había ido, hice un video cuando ya me habían dado mi medalla: YK27Q

Pero como si eso no fuera suficiente, en la web de los organizadores busqué mi posición oficial. Lo cual me dio una grata sorpresa. Me ubiqué en el puesto 52 de la categoría de 11 km. No sé cuántos había inscritos en ella, pero por la imagen, sé que al menos eran más de 350.

Hace dos años fui el número 67. Esta vez el 52. Espero mejorar ese puesto en la próxima carrera.

La verdad estoy feliz por haber corrido, fue una buena decisión. El título de la entrada, el cual tomé de la medalla que me dieron, dice mucho para mí, pues la verdad, esta prueba habría sido un fracaso solo si no me hubiera animado a participar.

La medalla

Y entonces… le ayudé a levantarse. Raspado y sin poder mover bien la rodilla, lentamente comenzamos a caminar. La decisión estaba tomada. No había vuelta atrás.

“Prohibido detenerse”, eso me repetía una y otra vez al iniciar la última de cuatro vueltas a un circuito de 10 cuadras de un maratón que organizaba el colegio donde estudiaba. Llegada esta etapa de la carrera, tenía una buena posición, y veía posible alcanzar a los líderes. Eso me dio más ánimos y me hizo creer que subir al podio no era un sueño. Entonces, aumenté el ritmo.

Llegada la recta final, compuesta de cuatro cuadras, había logrado colarme entre los primeros cinco lugares. El nerviosismo aumentaba, las personas que veían la carrera gritaban dándonos ánimos. Yo quería mi medalla.

El sudor manaba sin cesar y la sed se volvía mi peor enemiga a tan poca distancia de la meta. Adelante de mí, uno de los mejores corredores del salón: espigado, piernas largas, de gran resistencia y ganador de todas las carreras que recordaba. Su estrategia, el sprint sobre los últimos metros. Siempre le funcionaba.

Decidí mantenerme detrás de él y aprovechar dicha jugada. Sus zancadas me daban problemas, pero le seguí el ritmo. Comenzó a acelerar. Yo también. Se veía venir un cierre casi de fotografía. Tres, dos, uno… ¡ahora!

Estábamos a tres metros del tercer lugar. Dos, tres, cuatro zancadas, y adiós.  El que era el segundo lugar rápidamente fue absorbido por el sprint endiablado que llevábamos. Los gritos, los aplausos y  los silbidos iban en aumento. Estaba más que emocionado. Me ubicaba en tercer lugar y la meta estaba muy cerca.

Cuando parecía que alcanzábamos al líder, el espigado corredor delante de mi tropezó. Aún con la velocidad que llevaba y lo cerca que estaba de él, logré esquivarlo. Por un instante, el alboroto a nuestro alrededor cesó. Lentamente giré mi rostro y lo vi tendido en la calle, hizo un intento por levantarse, no pudo. Esta era mi oportunidad. El segundo lugar estaba en mi bolsillo y tenía chances de ganar.

Y entonces… tras ayudarlo a ponerse de pie, vimos pasar a los dos que acabábamos de superar. Luego, uno, dos, tres y más corredores nos dejaban atrás. A falta de dos cuadras, la medalla había desaparecido, el podio siguió siendo -y siempre fue- un sueño. Pero siempre lo recuerdo como el mejor maratón que tuve.

Mi mala memoria es defecto de fábrica

Si ya tienen el placer de conocerme en persona, sabrán que mi memoria no es mi fuerte. Olvido cosas unos minutos después de que me las dicen o me olvido de cosas que acabo de decir. Sí, tengo el síndrome de “Dory”, la de “Buscando a Nemo”. No es fácil ser yo.

Si violo alguna ley con esta imagen, por favor me avisan. Gracias.

Top 5 de olvidos:

1. La más reciente: No recordé el color de afuera de mi casa y mis hermanas intentaron abrir la casa del vecino porque les dije naranja y es verde. Éxitooooo.

2. Una vez, en mi anterior trabajo, me fui al baño y regresé. Un par de horas después me di cuenta de que ya no tenía mis lentes. Nunca supe dónde los dejé. (Tengo testigos de este hecho). También me ha pasado con botellas y lapiceros.

3. Cuando iba a escribir este punto, alguien me habló, me distraje y se me olvidó. ¡En serio! … (10 minutos más tarde) … Sí, era esto: una vez dejé en la paquetería de un supermercado las compras que había hecho en otra tienda. Menos mal las recuperé… A los dos días. También me pasó otro día que pensé que había perdido el número de la paquetería y luego de dar vueltas en la tienda lo encontré en la bolsa trasera de mi pantalón.

4. Hace unos días, una señora me “chuleó” un suéter. Al siguiente día me la encontré y me preguntó por la bendita prenda. Yo no tenía idea de qué me estaba hablando, lo recordé hasta que llegué a mi escritorio. No me imagino la cara que tenía yo cuando estaba hablando con ella. :S

5. No hacer algo porque no recuerdo haberlo dicho/prometido; releer libros porque no me acuerdo si ya los leí (y a veces lo recuerdo hasta que llego a un capítulo que me haya gustado mucho); las llamadas que nunca hago/devuelvo y los posteriores reclamos; los programas de TV inconclusos porque en los anuncios comienzo a ver otros y me olvido de los primeros; dejar la alarma y que suene un domingo a las 5:00 a.m.; dejar la comida en el fuego e ir a hacer otra cosa. Y un largo etcétera.

Si leen este post y han sido víctimas de mis olvidos, me disculpo y les advierto que es muy probable que suceda de nuevo. Sean comprensivos, mi memoria vino mal de fábrica.

P.D. 1 Me costó escribir este post porque cuando comencé, me quedé en blanco . Ironías de la vida.

P.D. 2 En la U nunca me pasó y en el trabajo no me afecta, gracias a Dios. ¿Qué será?

P.D. 3 Seguro mi mamá, mis hermanas y Gabo pueden hacer una lista más larga. U_U