25

Hay pocas cosas en este mundo que nunca se detienen. El tiempo es una de ellas. Todos estamos conscientes de que, nos guste o no, el tiempo avanza sin cesar y no hay nada ni nadie que pueda evitarlo. Sin embargo, todas las circunstancias, positivas o negativas, que se desarrollan en un lapso temporal determinado solo hacen que mejoremos como seres humanos. Eso es lo que creo yo.

Desde que mis padres decidieron formar un nuevo ser hasta que nací, aprendí a sobrevivir en un ambiente tan frágil como es el vientre materno. De esa espera no recuerdo nada, como creo que le pasa a  todo mundo.  Luego se sucedieron esos maravillosos años en los cuales dependí de mis papás absolutamente para todo: me protegieron, alimentaron, bañaron, arroparon, limpiaron, todo. Acá hablo quizá hasta los cinco años. Después al menos ya me bañaba y limpiaba solito.

Pero en todo el tiempo en el que dependí de mis padres, y luego cuando fui un poco más independiente, han sucedido muchas cosas que marcaron mi vida y me han hecho ser quien soy.  Las primeras pruebas que logré superar fueron algunas visitas que hice al hospital. Una tras tener mi primer acercamiento con la bronquitis [a los cuatro meses], otra porque se me inflamó la cabeza tras una caída cuando mis papás querían ver que el niño ya “podía caminar” [año y medio] y la siguiente porque tenía problemas para respirar [seis años]. En fin, en poco tiempo que ya había pasado varios sustos. Obviamente sé de ellos porque me han contado. De mis problemas respiratorios a los seis años sí me acuerdo, cómo olvidar esos ricos sorbetes que me comía en mi proceso de recuperación.

Sin embargo, los nueve años marcaron un antes y un después para mí. No ahondaré mucho porque es algo que pasa constantemente en nuestro país: tuve un accidente automovilístico. Si a los seis años recordaba el dulce sabor de los sorbetillos, tres años después grabé en mi mente la imagen de mi madre cuando íbamos rumbo al hospital, los médicos hablando mientras me operaban [cagada que me desperté a mitad de la operación], la cara de Javier, mi primo, cuando salí del quirófano, mi padre bañado en sangre.  

Recuerdos tristes, pensé en ese entonces. Pero al pasar los años los vi desde otra perspectiva porque fue una nueva oportunidad para vivir. Vaya que aprendí a amar la vida y a mi familia. Luego el tiempo siguió su curso, transcurrió entre el colegio, las canchas, mis amigos, una que otra cipota. Cosas de adolescentes.

Después de eso, entrando a las dos décadas de andar por este mundo, hubo un par de hechos que me hicieron saber qué se siente perder seres queridos. Uno, un tío, quien padeció de insuficiencia renal y por falta de riñón [raro, ¿verdad?] se adelantó; y dos, un amigo, de los más cercanos, quien murió mientras trabajaba a manos de la maldita delincuencia. Pencazos duros que me hicieron afirmar que lo importante en esta vida es estar bien con todos, amar sin reservas y vivir cada día con la mayor intensidad posible.

Y ahora, 1 de abril de 2010, cuando llego al cuarto de siglo de andanzas por mi querido país, solo puedo dar gracias. Gracias a Dios, a mis padres, a mi familia, a mis amigos, a todas aquellas personas importantes que forman parte de mi historia. Hoy, tras 9,125 días, 300 meses, o sea 25 años, sé que todo lo que he vivido ha servido para mejorar. Y aún me queda mucho. Eso si Dios me lo permite.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s