Viejas y peperechas

Aún recuerdo mi época de adolescencia. Y no es que haya pasado hace mucho. Pero en ella logré encontrar “la fuente” perfecta para terminar de “crecer” como muchos quisieran, en especial los hombres. Mi secreto fue bien simple: mantener una muy buena relación con “las viejitas y las peperechas”.

Quién no ha deseado darse una vieja, una que esté buenota, una que guardé en su interior un saborcito único. Y no se diga de una peperecha, esa que destaca por ser bien dulce con aquel que la tiene justo para devorarla. Pues bien, yo tuve de las dos, y desde temprana edad. No quiero parecer agrandado, pero realmente no tengo idea de cuántas me di en esa etapa de mi vida. Fueron tantas, cada una con un toque distinto.

Todavía siento como si las tuviera en mis manos, como si las pasara por mi boca. Y aunque los días con ellas fueron maravillosos, debo reconocer que lo malo era el dinero que perdí por tenerlas para mí. Y es que, obviamente, tenerlas solo para mí implicaba un costo.

Y todo aumentó cuando empecé a ir al gimnasio. Ahí mi deseo fue incontrolable. Parecía que nada me podía detener y mi cuerpo lo agradecía. Claro, no significa que las he dejado del todo, todavía tengo encuentros ocasionales con algunas de ellas.

Aún recuerdo mi adolescencia…

PD.: La inversión que realizaba generalmente era de $1 diario. Lo mejor de todo es que a la mayoría las conseguía en mi pasaje; las tenía ahí, justo para agarrarlas cuando yo quería. Todo gracias a la tienda del “Mico”. ¡Ah, qué bueno es el pan dulce!

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