Paranoia

Son más de las 8 de la noche y me dispongo a salir del trabajo. Como siempre, camino alrededor de seis u ocho cuadras para llegar a la parada de buses más cercana. Ahí, otras personas esperan abordar la unidad de transporte que las lleve a su casa.

Llego, espero, pasa el tiempo y empiezo a desesperarme. No es la primera ni será la última vez que lo haga. Antes de llegar ahí empleé lo que para mí fue una lección en mis años de chico vago, de esquinero: ir ¨ojo al Cristo¨, como dicen. El más mínimo detalle es sinónimo de desconfianza, y estar en ese lugar con muchos desconocidos no hace más que aumentar mi alerta.

Apareció el bus. Es hora de partir. Ya deseo estar en casa. Mientras avanzamos mi mente está más activa. Mis ojos tratan de no perderse ni un solo detalle: rostros, gestos, accesorios, lo que sea, debo registrarlo todo. Empiezo a recordar el tiempo que estuve en la parada. Qué habría pasado si el tipo de la ¨mirada rara¨ sacaba un arma y nos atacaba por sorpresa. O peor aún, si pasaban lanzándonos una granada y moríamos todos ahí, siendo víctimas de alguna iniciación. Es raro, antes habría preferido no estar solo esperando un bus, ahora no sé si la soledad es mejor.

Voy a medio camino y el autobús sigue igual de lleno. Estoy sentado detrás del motorista. No es casual que me coloque ahí. Necesito usar el espejo que va sobre su cabeza, sentir que puedo controlar a los que están a mis espaldas. Además, si pasara algo, tengo la puerta más cerca para salir, aunque podría ser el primero en ser alcanzado por una bala o prendido en llamas. Sería cuestión de suerte. Ah, lo olvidaba, voy del lado de la ventana, por si fuera necesario lanzarme.

Miro para un lado, para el otro. Controlo al que sube y baja. Trato de disimular mientras examino a los demás. Y así, sin percatarme, llegué a mi destino. Me bajo del bus y pienso en lo afortunado que fui en llegar sano y salvo. Veo hacia la esquina en la que antes solían estar mis amigos, en la que nos contábamos lo bien o mal que nos había ido en el día, pero no hay nadie. Desde hace mucho ya no hay nadie.

Ahora me doy cuenta de que el tiempo ha pasado, que muchas cosas no son como antes. Ya no viajo en paz, desconfío de todo y todos. Ya no hablo con mis amigos en la calle, ha dejado de ser seguro.

Y mientras termino de escribir esto, me levanto y me asomo a la ventana para ver si no hay nadie extraño tratando de entrar a la casa. Esto es horrible, me estoy volviendo paranoico.

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4 pensamientos en “Paranoia

  1. Esas 8 cuadras las camino a las 5 de la tarde, más gente, luz “de día”, pero la “conducta paranóica”, después de los eventos del domingo, se mantiene. Triste, pero real.

    Interesante entrada, don Gabo.
    Saludos.

  2. triste…pero una realidad en el diario vivir….no es vida pasar en ese estado de alerta permanente.

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