Recuerdos, olores, fuga: ¡kínder!

No hay mejor época que la infancia, no me cabe la menor duda. Aunque no recordemos nada de nuestros primeros meses de vida, todos sabemos que transcurren entre los cuidados de los padres, la comida, dormir… comer más y dormir más. Gran vida. Pero otra de las etapas más emocionantes es cuando iniciamos nuestra travesía educativa, o sea ir al kínder. Hace unos días visité un centro de parvularia y es impresionante la cantidad de cosas que se pueden venir a la mente al ver tantos niños correteando por el patio.

“El que no se aparte me lo llevo… el que no se aparte me lo llevo”, decían al unísono tres cipotes mientras avanzaban frente a mí. Noté que me veían con recelo. Seguramente la barba los intimidaba y pensaban que era “el viejo” que se lleva a los niños. En fin, después de un rato no me pararon bolas y siguieron en su juego. Sin embargo, al observarlos no pude evitar recordar cuando era un enano como ellos.

Así me veía en mi etapa de párvulo.

Lo primero que llegó a mi mente fue cuando iba con mi madre a tomar el autobús, la 101 B de las “chiquitas”, que por aquellas épocas me dejaba frente al colegio. En el trayecto, casi religiosamente pasábamos frente a la cancha de la colonia y nos deteníamos en la tienda de siempre. El objetivo de esa parada no era más que comprarme mis provisiones: un Frutsi de los chiquitos y chocolates, de esos que parecen pelotas de fútbol.  Después abordábamos el bus, que se tardaba un montón en salir y ya no digamos en llegar, y cantábamos una canción que mi madre se inventó.

Después de haber “viajado en el tiempo” y como ya tenía un buen rato esperando en el kínder, decidí asomarme en un salón y ahí fue cuando observé el típico chuncheretal de estos lugares: plastilinas, colores, banquitos, mesitas, piezas para armar, pinturas y libros para colorear, entre otras cosas. Fue entonces cuando recordé el lugar donde todo empezó.

Múltiples imágenes llegaban a mi cabeza. Me acordaba de los minibaños que estaban frente a los salones, la gran ventana a través de la cual oíamos los carros y a las personas que pasaban por la calle, la iluminación particular que esta le daba al lugar. Aparte de eso, recuerdo muy bien cuando nos formaban antes de ingresar a los salones. Teníamos que estar parados sobre unos puntitos amarillos que estaban pintados en la cancha. También recuerdo haberme sentido microscópico cuando veía a los “mayores” del otro lado.

Cuando ingresábamos al área de los párvulos, en las paredes resaltaban dibujos de personajes de cuentos, algunos de Disney, uno que otro cohete, cosas así. Si no me equivoco en mi aula estaban los dibujos de Blanca Nieves y los siete enanos -no sé por qué no recuerdo otro-, pero más allá de eso, lo que giraba en mi mente eran olores: el olor a plástico, por aquello de los útiles recién forrados, el de los crayones y el infaltable, al menos en mi caso, pancito con huevo. Además, no podía dejar de lado las piezas para armar, que siempre lograban entretenerme sobremanera.

Tras la segunda etapa nostálgica, lo que me hizo volver a la realidad fue un niño que lloraba porque no llegaban por él. Talvez era un poco exagerado porque acababan de salir, pero hasta cierto punto es comprensible la desesperación, ¿quién no quiere ver a sus padres o un familiar después de una jornada en el kínder, y cuando todavía estás acostumbrándote a tu nueva rutina? Así fue como llegó el último de mis recuerdos en esta visita.

Que llegue la hora de salida es una gran onda, pero ver que poco a poco se van tus amiguitos y que vas quedándote solo cambia completamente la perspectiva de tu entorno. Recuerdo que solo existían dos formas de salir: uno, un familiar llegaba por vos; dos, el señor del microbús escolar entraba a traerte. Como yo no me iba en micro y como no llegaban por mí, tomé la decisión más intrépida de mi vida hasta ese momento: salir con los niños que sí usaban transporte escolar e irme a casa solo.

Acto seguido, y aprovechando que el portero del colegio estaba sacando unas cosas de su escritorio, me metí en una fila de cipotes que iban rumbo a su microbús. Estando afuera me separé del grupo y empecé a caminar por el único camino que conocía, y ese era el que me llevaba a la parada de buses. Recuerdo los árboles, mis zapatitos moviéndose velozmente sobre la acera y un hombre y una mujer que, llorando, venían corriendo hacia mí. Gracias a Dios que eran mis papás.

Anuncios

2 pensamientos en “Recuerdos, olores, fuga: ¡kínder!

  1. jajaja buena esa hey te falto el niño q le pegaba a los demas y el que se comia la plastilina jaja buenisimo post

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s