A vos sí te temo

Existen muchas enfermedades, sí, pero gracias a Dios no he sufrido de tantas. La que me complicó la vida allá por mi época de prepúber fue la bronquitis, que casi llega a asma, pero no fue nada que unas 60 vacunas no lograran erradicar. Una gripe por aquí, ataques de migraña por allá, cositas sencillas, nada más.

Empero, hay un padecimiento al cual he aprendido a temer, uno que me hace temblar de solo pensar en llegar a sufrirlo: la insuficiencia renal. Desde hace mucho tiempo había escuchado sobre él. “Los riñones dejan de funcionar”, decían; sin embargo, no caía en la cuenta de la gravedad de dicha afección.

Y así, sin darme cuenta, había olvidado que existía la “tal insuficiencia”, como suele suceder cuando no somos nosotros los afectados. Pero en 2004 supe mucho de ella, la vi de cerca, conocí realmente hasta dónde puede llegar.

Un año antes, a uno de mis tíos, Raúl, se le diagnosticó esa enfermedad. Todo fue repentino, sin mayor aviso. Solo bastó un desvanecimiento en el trabajo y una visita al hospital para afirmar el dictamen: sus riñones eran del tamaño de pasas. Así las cosas, lo peor estaba por venir.

Ya que sus riñones no trabajaban, empezaron las diálisis. En sí el proceso era doloroso, según palabras de mi tío, y debía realizarse al menos una vez a la semana. Recuerdo perfectamente los problemas que tenía para poder comer, la hora de dormir era un martirio por el dolor en el abdomen y la espalda, pero lo peor era la hinchazón producto de la retención de líquidos, que cuando llegaba a niveles increíbles hacía necesaria una diálisis de inmediato, pues de lo contrario podía morir en ese instante.

Así pasaron los meses para él, entre visitas de rutina y llegadas de emergencia al nosocomio, días sin poder dormir y una profunda depresión que lo hacía dudar sobre si valía la pena seguir luchando. Y aunque realmente se aferró a pelear, las fuerzas no le dieron para más y en menos de una año, falleció cuando había ido a una diálisis de rutina.

Meses después, su muerte me motivó a escribir una crónica para un trabajo de la universidad, y ahí vi las condiciones con las que son tratados estos pacientes en el Hospital Rosales. Sencillamente son deplorables. Viendo esto mi temor hacia esta afección se incrementó.

Pasados seis años, cuando pensé que no volvería a saber de la insuficiencia renal, otro tío, Eduardo, fue diagnosticado con ella. Y como en 2004, los daños han sido tan repentinos como severos. Ya le fue colocado un catéter, perdió la vista por un par de días -estuvo a punto de que fuera permanente-, su cuerpo retiene los líquidos, es presa de una fatiga profunda y, tras haber visto lo que pasó con su hermano, está siendo derrotado por la depresión.

Sé que hay otras enfermedades, quizá peores, pero a esta le tengo miedo, demasiado.

PD.: Tío Raúl, aún recuerdo los días en que llegabas a quebrarle los trompos a mis amigos, disfrutaba viendo cuando se partían en dos; tío Eduardo, no olvido cuando llegabas a jugar fútbol con mis amigos, aunque vos nunca fuiste bueno, y la vez que te peleaste para defenderme. Y qué decir de la vez que nos fuimos los tres a la playa con mi papá… En fin, son tantos recuerdos buenos.

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