Seguro obligatorio de daños a terceros

Agosto de 1994. Parecía un sábado cualquiera. Por la mañana participé en un maratón del colegio y en la tarde fui obligado a acompañar a mis padres a una visita donde una tía en Zacamil. Yo andaba todo coquetón: estaba estrenando un trajecito –compuesto de bermuda y camisa– y lentes oscuros. Tenía nueve años.

Desde la mañana tuve el presentimiento de que algo podía pasar. No sé por qué, pero no quería ir. En el camino tomamos un autobús de la 30 B que nos llevaría donde mi tía. Recuerdo que abordamos el bus, me senté un par de asientos atrás del motorista, me recosté sobre el vidrio…  abrí los ojos y observé una silueta borrosa, un edificio, oía gritos… luego sonaba una salsa, escuchaba personas hablando, agua caía en mi rostro, me ahogaba entre agua y sangre y una aguja entraba en mi cara. Todo volvió a quedar oscuro.

Cuando desperté estaba en el Hospital Zacamil. Eran las 10 de la noche, habían pasado ocho horas desde que el bus en el que iba fue impactado por otra unidad del transporte colectivo. Mi padre, mi hermana, un primo, una tía y yo sufrimos heridas desde leves a graves, solo mi madre salió con un moretón en una pierna. Y así como nosotros, muchos más resultaron lesionados.

Por suerte yo contaba con seguro médico del colegio y este cubrió los gastos de mi hospitalización. Esa misma noche fui trasladado a CLIMOSAL y ahí pasé varios días. Los demás no contaban con tal beneficio. Ahí empezó otro problema para mi familia: aparte de estar apaleados, venía la aflicción de los gastos médicos y el proceso de recuperación.

No hubo indemnización por parte de los culpables, nadie se hizo cargo. Mi madre debió atender la venta de tortillas sola, pues mi tía estaba en cama, y mi padre tuvo que incurrir en préstamos para saldar cuentas que surgieron de este percance. En fin, todo esto influyó, aparte de las secuelas que pueden dejar este tipo de hechos, en una desestabilización económica para la familia.

¿Pero por qué les cuento esto? Simple. Según leía en los periódicos allá por octubre de este año, el 31 de diciembre de 2010 debe vencerse la prórroga para no exigir el seguro obligatorio de daños a terceros. Un seguro que lleva 10 años sin ser implementado y que de haber existido en 1994, habría sido de mucha ayuda para mi familia y la de todos los que abordamos aquella 30 B.

Hablando con personas que poseen carro, las opiniones respecto a esta medida son variadas, pero la mayoría ve de forma negativa que se les obligue a pagar este seguro, y más aún si ya poseen uno. Pero hay un punto que hay que tener claro respecto al seguro obligatorio de daños a terceros: este no incluye el carro, la lata. Por tanto, poseer uno que cubra solo el vehículo no cumple con el objetivo de este instrumento.

La intención del seguro por daños a terceros es ser solidarios con aquellos que resulten víctimas de un accidente automovilístico. En otras palabras, crear un fondo a partir del cual se brinde atención médica a las personas lesionadas y apoyo a las familias de los que fallezcan en estos incidentes.

En una nota publicada por La Prensa Gráfica (LPG)  el domingo 17 de octubre de 2010, “Exigirán seguro vehicular el próximo año”, se maneja un dato interesante de la Organización Panamericana de la Salud (OPS). Según la OPS, las muertes por accidentes automovilísticos, para 2020, se convertirán en la tercera causa de fallecimientos.

En Latinoamérica, por ejemplo, Colombia posee, desde hace más de 20 años, el Seguro Obligatorio de Daños a Terceros (SOAT). En la misma edición de LPG, Ricardo García Fajardo, director de la Cámara Técnica del SOAT, manifiesta que este seguro, más que verse como un gasto, debe ser considerado como un beneficio, el cual abarca a toda la sociedad. Punto que comparto pues nunca se sabe cuándo se puede ser víctima de un hecho como este. Y en este país basta con viajar en un autobús para sentir que estamos a punto de estrellarnos o de caer en algún barranco.

Del 17 de octubre a la fecha, no recuerdo haber escuchado otra vez este tema. Supongo que las aseguradoras, el Viceministerio de Transporte, el Ministerio de Salud y demás involucrados siguen trabajando para dar una respuesta al caso, sea esta positiva o negativa para la implementación del seguro.

Sé que la economía del país no es la mejor, que será un punto más dentro del presupuesto de los que tienen un vehículo, pero creo que hay que valorar el verdadero beneficio de este producto, de llegar a entrar en vigencia.

Nosotros tendemos a creer que estos accidentes son casos aislados, que solo les afectan a otros, que a nosotros no nos puede pasar, pero realmente uno nunca sabe cuándo puede convertirse en una víctima y necesitar la ayuda de alguien más.

PD.: Dos días después de que escribiera esta entrada… “Prorrogan entrada en vigor de seguro obligatorio para vehículos”.

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3 pensamientos en “Seguro obligatorio de daños a terceros

  1. Lo que yo veo mal es que si ya tenés uno te obliguen a tomar otro.
    El mío cubre daños a terceros y a penas y lo pago, pero lo tengo. Cómo se supone que tenga para pagar otro adicional, si el riesgo ya lo tengo cubierto? Eso es lo que no ven los legisladores, que dejan hoyos por todos lados en las leyes y al final, como siempre, el cumplido es el perjudicado.

    • Hola, gracias por comentar.
      Aunque mi punto central es ver el beneficio que este seguro puede brindar, de aplicarse como se debe, cosa que también me deja en qué pensar y es otro tema de discusión, tenés razón cuando decís que siempre dejan hoyos en las leyes. Parece que nuestros legisladores son poco capaces de crear herramientas sencillas y claras. Sinceramente tampoco entiendo cómo aplicarían este seguro, sobre todo en un caso como el tuyo, que ya contás con uno por daños a terceros.

  2. Mucho tardaron en hacerlo obligatorio.
    Ahora, ¡Gracias a Dios!, será una realidad en el país.
    Sigo pensando que “la prevención” nos beneficiaría más.
    Bonita entrada, Gabriel.

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