¡Ah, el amor!

Y otra vez llegó febrero. El “mes del amor y la amistad”, dicen, o decimos. La verdad es que no voy a gastar estas líneas en darles la misma cantaleta de que el amor y la amistad es algo que no se brinda en un mes o en un día. Creo que todos sabemos que es algo que se debe demostrar día a día, ya sea con una mirada, un gesto, una sonrisa, un abrazo, etc.

Empero, no sé por qué, en estos días me he estado acordando de cómo me inicié en esto de los encules. Dejando de lado aquel amor de verano, mi primer “amor”,  amor de estudiante, que fue cuando tenía como ocho años –y el segundo entrando a los 11–, digamos que tuve mi primera novia cuando estaba entre los 12 o 13 años.

Como todo joven nuevo en estos menesteres,  a veces lo más sencillo se vuelve difícil. ¿Le hablo o no? ¿Habrá visto que la estaba viendo? ¿Qué le digo, y si me trabo? ¿Me apestará la boca? En fin, uno piensa mil y un tonteras cuando se clava en una mujer. Pero cuando el deseo supera al miedo… ¡ay, papá!, ahí pero ni una vergueada te detiene.

La cuestión es que después de sondear mis posibilidades, tratar de jugar bien y meter goles para que me viera, llegar insistentemente por su casa, cuando antes ni me aparecía por ahí, y, obviamente, hablarle, obtuve el tan anhelado “sí”.  De esa forma, lo que en principio se veía complicado, terminó resolviéndose bien fácil.  Ya tenía “mi chamaca”.

Recuerdo que uno de sus vecinos era bastante cercano a ella, y también que un amigo mío me decía que tuviera cuidado. Pero como a mí eso de ser celoso no se me da, no le di importancia. Me parecía de lo más normal que tuviera sus amigos y que se llevaran bien.

Por otro lado, como tener noviecita no es solo chupar muelas, darse la respectiva tanateada o andar con las manos sudadas –no sea mal pensado, no le pedí la “prueba de amor” a la semana de andar–,  decidí agradarla con un presente. Ya que no disponía de capital y no trabajaba, la única opción que me quedaba era darle una cadenita que tenía. Y así fue. Se la di.

Al cabo de un par de días, ya no la portaba. “Seguro la tiene guardada”, me dije. A todo esto, el buen amigo del que les comenté antes me insistía con más vehemencia de que tuviera cuidado con mi relación. Luego ya no era solo él el que me lo decía. Entonces comencé a pensar que algo andaba mal.

Antes de entrar en acción, quería agotar todos los recursos posibles para descubrir la verdad. Pero mis cheros me dieron una prueba irrefutable del engaño del cual era víctima: me mostraron un video donde claramente salía “mi chamaca” dándose una gran topada con su vecino. Ahí tomó sentido la “cercanía” entre ambos.

Por si eso fuera poco, resultó que la historia no la componía un trío. ¿Y entonces? Pues al final, tras largas y minuciosas investigaciones, se desveló que éramos como cinco los que nos arrimábamos a la misma mujercita. ¡Vaya cosa!

Así me inicié oficialmente en el amor, o en lo que uno de bichito cree que es amor. Y si se pregunta que pasó con la cadenita, pues la impúdica se la había regalado a uno de sus cinco novios. No me pregunte cómo, pero la recuperé.

PD1: Obviamente, corté con ella.

PD2: No por eso creo que todas las mujeres son iguales. He tenido la bendición de encontrarme con la otra cara de la moneda.

 

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3 pensamientos en “¡Ah, el amor!

  1. Bueno amigo creo que en cuestiones del amor cada experiencia a la larga te sirve para algo, y que bueno que encontraras a alguien que valaga la pena.

    Saludos.-

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