La docencia y yo

Cuando estás chaval, a veces se vuelve tan difícil encontrar lo que te gusta, definir qué querés hacer con tu vida cuando seás mayor. Sin embargo, en la vida suelen presentarse oportunidades que, sin pensarlo, te abren los ojos y te hacen descubrir el rumbo que querés seguir. De ahí que se vuelva muy importante vencer el miedo y arriesgarse en una tarea nueva, de la cual seguramente vas a aprender algo.

Finalizado 1999, me disponía a iniciar mi bachillerato opción Electrónica al siguiente año. Pero antes de iniciar esta nueva fase, me deshice de muchas cosas que acumulé a lo largo de los años de tercer ciclo. Sin embargo, hubo un tan solo objeto del cual no me pude desprender, y lo tuve claro desde que lo “creé” en 1998: un cuaderno.

¿Y qué tiene de especial? Pues en él están resueltos todos los casos de factoreo. Recuerdo haber dedicado muchas horas hasta tener solucionados todos los ejercicios. Más allá del 10 que me saqué y la nostalgia que me daría al verlo años después, o de pensar que lo usaría para hacer tareas con mis hijos –no es que pensara en ser padre en ese momento, pero la simple idea me pareció graciosa–, nunca creí que me serviría para obtener un poquito de dinero.

Ahí es donde llegó lo inesperado. Uno de mis vecinitos había reprobado matemática y tenía que hacer cursillo para pasar. Fue entonces cuando sus padres me ofrecieron darle refuerzo en dicha materia, y obviamente me pagarían por hacerlo. Me dio miedo. Nunca me gustó estudiar en grupo, siempre lo hice solo, por lo que no me imaginaba explicándole a un niño cómo resolver problemas de matemática. Empero, me pareció interesante y acepté.

El conocer desde pequeño al niño minimizó un poco mi tensión e hizo las cosas más fáciles. Empezamos con las clases de refuerzo y… ¡aprobó! Después de todo un año de no pasar una evaluación de mate, lo logró. Eso me valió para ser contratado para todo el año siguiente. Y como ahí vería los casos de factoreo, y sería lo más fuerte del año lectivo, mi cuaderno se volvió una herramienta vital.

Una hora y media, tres días a la semana. Bajo ese horario nos regimos. A veces mis amigos iban a jugar a la cancha, me moría de ganas por ir, pero ya tenía una responsabilidad. Al principio me caía mal dejar de ir a masconear por estar ahí, repitiendo una y otra vez cómo resolver el factor común o el trinomio cuadrado perfecto. Pero, sin darme cuenta, le fui encontrando gusto a la actividad.

Llegaron las primeras evaluaciones y había que intensificar los repasos. Ejercicios aquí y allá. Prueba y error. Resultado: un 8 en el primer round contra la matemática. Sus padres y el chavo estaban contentos, yo también, la estaba haciendo de “profesor”.

Así transcurrieron nueve meses, nueve exámenes, nueve victorias. Mi travesía me llevó a acompañarlo un año más. Después mis horarios ya no fueron compatibles a los suyos. Llegó el fin, ya no iba a ser “el Teacher”.

Confieso que lo que en principio me dio miedo, lo que me generó molestia porque no me permitía estar con mis amigos, tras 25 meses, me hizo falta. Pensé que nunca lo volvería a hacer.

Sin embargo, años después, ya en la universidad, se me presentó una oportunidad similar a la de 1999. Esta vez no sería con un niño, ahora estarían al menos 50 jóvenes. Pero como la semilla ya estaba plantada, solo pude decir algo: ¡juegue!

Pasadas las pruebas de selección, en las que tuve que dar una clase a catedráticos de la universidad, y que parecían ser el jurado de La Academia con sus críticas y observaciones al finalizar mi intervención, obtuve la aprobación y pasé a formar parte del grupo de maestros, facilitadores, o como quiera llamarles, del curso preuniversitario de la casa del tecolote.

De 2007 a la fecha, he tenido la oportunidad de trabajar con muchos grupos, de conocer a muchos jóvenes. Futuros ingenieros, comunicadores, psicólogos y arquitectos, en estos años he podido interactuar con noveles de diversas áreas del saber. Con cada uno de los cursos he aprendido algo nuevo, este año no ha sido la excepción, y a medida pasa el tiempo, me doy cuenta de que me gusta la docencia. Es algo en lo que deseo profundizar más.

PD: También tuve la oportunidad de ser instructor de algunas materias de la Licenciatura en Comunicación Social. Y aunque ahí solo pude cubrir una o dos veces al maestro, fue una experiencia interesante. Además, el ser instructor y profesor me ha permitido conocer a increíbles personas y obtener muchos buenos amigos.

 

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4 pensamientos en “La docencia y yo

  1. Hay viejo cuando lei “casos de factoreo” solo me acorde de octavo grado, recuerdo que para finales de ese año me toco hacer un trabajo sobre esos casos, la profesora nos habia dejado resolver los casos del algebra de Baldor, y lo queria anillado…..

    aquella vez fue un alivio entregar ese trabajo que me costo tanto…

    Saludos.-

    • Cabal, yo entregué mi cuaderno con los casos de factoreo en octavo grado. Ahuevo que se siente un alivio tremendo al entregar trabajitos así, sobre todo cuando uno está más cipote.
      Saludos y gracias por frecuentar este humilde espacio.

  2. Que sepa el mundo que vos fuiste mi instructor en una materia y me caías mal por pedante, jajajaja. Y ahora hasta compartimos blog. Vueltas locas de la vida.

  3. que desgracia ser parte de uno de tus grupos de alumnos Gabriel… Son Bromas… La verdad es que para todos el mejor profesor que hemos tenido. Se te quiere bastante y no te olvides de uno 🙂

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