Somos amarillistas, queremos catástrofes

Viernes 11 de marzo, un terremoto de 8.9 grados en la escala de Ritcher sacude la costa noroeste de Japón. El movimiento telúrico es sucedido por un tsunami. Los daños provocados por el fenómeno son de grandes proporciones.

Japón, que cuenta con 128 millones de habitantes, nuevamente demostró el porqué de su éxito como nación: la prevención forma parte de su cultura. El número de pobladores del país nipón haría pensar que las cifras de fallecidos y desaparecidos se contarían por millones. Pero no. Su forma de actuar reduce al mínimo posible las pérdidas humanas.

Luego de ocurrido el terremoto en las costas japonesas, el centro estadounidense de vigilancia de tsunamis lanzó una alerta a los países que podrían verse afectados por la ola que se generó. Todas las naciones de América que poseen costa en el Pacífico formaban parte de esa lista, incluido, obviamente, El Salvador.

Como medida preventiva, en El Salvador se declaró una –preste atención a la siguiente palabra–  advertencia de tsunami y se suspendieron las clases en las escuelas de la zona costera del país, que es de aproximadamente 300 kilómetros. Además, se paralizaron las actividades de pesca. Todo con el objetivo de –ojo con esta otra palabra– prevenir. Nunca se dijo que veríamos olas de 10 metros. O al menos yo no lo escuché ni lo leí.

Mientras transcurrían los hechos y los medios de comunicación y las redes sociales nos bombardeaban con múltiples datos e imágenes, hubo un par de cosas que me llamaron la atención: primero, ver cómo actuaban los japoneses; segundo, las reacciones de los salvadoreños, los comentarios que hacían.

Desde que se lanzó la advertencia de no estar en las playas, a través de Twitter pude observar fotos de personas que se encontraban en ellas. Por la tarde incluso se subió un enlace donde se podían ver a jóvenes surfeando en Punta Roca, en La Libertad.

Algunas personas que estaban en el chat de esa transmisión bromeaban porque el tsunami no llegó, que dónde estaba, que el alboroto del Gobierno fue por gusto. En los noticieros locales, las vendedoras del muelle de La Libertad se quejaban porque les habían hecho perder en la venta, al asustar a las personas.

Si mal no recuerdo hubo alguien que dijo que estaba en el puerto “para ver cuando llegaran las olas”, otros aseguraban saber de la advertencia pero decían que “total, no iba a pasar nada”.

Y acá, lejos de las playas, algunos conocidos me externaban que el movimiento de las autoridades había sido en vano, que para qué lo hicieron.  En fin, muchos decían que solo fue la bulla, que el tsunami nunca llegó.

Ahí me pregunté: ¿acaso esta gente no sabe el significado de la palabra prevención? ¿Por qué quieren que de verdad pase algo grave? Pero la razón de esta actitud viene de más atrás. Basta con preguntarnos cuántas veces hemos sido parte de un simulacro. Creo que son pocos los que han participado en ellos y están capacitados para reaccionar ante un evento de estas características.

En toda mi vida, solo una vez he hecho un simulacro por terremoto, y fue hace un par de semanas. Ni en el colegio o en la universidad recuerdo haber participado en uno. Entonces, cómo se le puede pedir a la población que entienda el objetivo de una acción preventiva.

El mismo viernes, la Dirección General de Protección Civil de El Salvador compartió un mapa en el cual se visualizaba el impacto que podría haber generado un fenómeno como el sucedido en Japón. Ver esa imagen da miedo. Todos los departamentos que colindan con el mar se veían seriamente afectados. La zona del Bajo Lempa, ni le cuento.

Gracias a Dios en el país no pasó nada, solo un leve aumento en la marea, de centímetros. Eso es lo que yo sabía desde la mañana, aunque algunos decían que “en la tarde venía el tsunami”.

Quizá querían que pasara lo mismo que en Perú, donde el fuerte oleaje provocó damnificados en la zona de Pisco y en su distrito de San Andrés, donde se inundaron unas 300 casas; o lo que sucedió en Ecuador, en el puerto de Santa Rosa, con botes dañados y otros destruidos.

Sinceramente, me alegra que las señoras renegonas del puerto no hayan sido las primeras en ser arrastradas por una ola. En cuanto a los que llegaron a ver el arribo del “tsunami” y se quedaron con las ganas, lo siento por ellos, seguro querían transmitirnos en directo las imágenes, aunque fueran las últimas.

La verdad me parece bien prevenir, no creo que sea adecuado actuar hasta que ya se recibió el golpe. Es mejor estar listos, aunque no se reciba dicho pencazo. Lástima que siempre haya personas que alarman y desinforman a los demás. Pareciera que somos amarillistas, queremos catástrofes.

 

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4 pensamientos en “Somos amarillistas, queremos catástrofes

  1. Tu post encierra mucho de lo que comentaba acerca de la “fatalidad” que pareciera que busca la sociedad salvadoreña. Viejas renegonas q si las olas le hubiera botado el muelle fueran las primeras en pedir ayuda a papá gobierno. Pareciera q si no hubo desgracia no valió la pena prevenir. Perdona a mi pueblo Señor!

  2. Totalmente de acuerdo. No termino de comprender qué pasa por la mente de las personas que reniegan de las medidas de prevención, si son las primeras que reniegan cuando pasa algo y no se hizo nada para evitarlo o minimizar los daños.
    A ver si algún día aprendemos los salvadoreños.

  3. Estoy de acuerdo con la intención del post pero a mí me parece que no es un rasgo solo salvadoreño. Si no me equivoco, en EEUU (Santa Cruz), se murió un fotógrafo por estar muy cerca de las olas al tratar de tomar fotografías al oleaje.

    La curiosidad por lo mórbido es algo completamente humano.

  4. Es bien común cuando hay un asesinato ver el montón de gente haciendo círculo, sin tener relación alguna con lo sucedido. Esto explica gran parte del éxito de 4 Visión. En lo personal me da hasta cólera ver como se meten por unas tomas mientras la familia está ahí doliente.

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