Madrugada, asoleada… retirada

Aún recuerdo mi época de bachiller, cuando no sabía qué carrera tomar en la universidad. Las pruebas psicológicas que brindaba el colegio, y que “ayudarían” a que tomara mi decisión, realmente me dejaron como al principio. Ingeniería
–todas sus variedades–, Medicina, Derecho, Administración, Comunicaciones, todas eran, según mi test, opciones que podía tomar.

Iniciando mi tercer año en la opción de Electrónica, poco a poco una idea se maduraba en mi mente. Siempre me ha gustado la radio, debería de tomar Comunicaciones, me dije. La presión familiar, de maestros y amigos por mi resolución iba a ser grande, obviamente. Y lo fue. Pero qué más daba, la decisión estaba tomada.

Así, lo que me motivó a estudiar la carrera de Licenciatura en Comunicación Social fue la radio. Empero, nunca he trabajado en una. Me he movido entre la docencia y el periodismo.

Este año me di cuenta del casting que realizaría Radio Corporación FM para seleccionar tres nuevos talentos que tendrían la oportunidad de formar parte de sus estaciones. Me llamó la atención, lo dudé, lo medité, lo olvidé por la carga de mi trabajo, pero sobre la hora, me animé. Total, el que no arriesga, no gana.

Llegado el día, el pasado sábado 7 de mayo, me levanté a las 4 de la mañana, a las 5 tomé mi desayuno, a las 5:30 me transportaba en el bus y a las 6:10, después de caminar más de la cuenta por el busero que me dejó un par de cuadras más lejos, llegué al lugar. La cola era enorme a esa hora.

Por suerte le hice caso al buen Oswaldo (@OwitOx), a quien nos referiremos como “Arturito”, y no pasé a desayunar un waffle gigante. De haberlo hecho, todo habría sido peor.

Don Arturito me dejó meterme a la fila. Sé que no debí hacerlo. De hecho, sentía miradas ponzoñosas de los que estaban atrás de él. Pero instantes después, ellos metieron a tres, y los que estaban adelante de nosotros, cinco; así que dejé de sentirme culpable. Además, el inicio de la fila realmente no era eso, era un nudo. Supongo que muchos se metieron e hicieron que quedáramos más atrás.

Ya instalados, solo podíamos esperar. Miradas de un lado a otro, pláticas de todo y de nada, desesperación, el sol que empezaba a alzarse ante nosotros. A las 8 de la mañana, Arturito y yo ya estábamos hartos. No sabíamos a lo que nos enfrentaríamos.

Al filo de las 9, cuando ya las rodillas empezaban a resentirse, terminaron de anotar a los participantes. Minutos después, empezó la audición. Los primeros en pasar fueron los que acamparon desde la noche anterior. El nerviosismo tomó más fuerza y escuchamos atentos a los que realizaban su audición.

Los primeros tres, fuera. Un “no” rotundo de los directores de las estaciones. Al cabo de quince minutos, el primer “sí”. Varios de los que hacían fila aplaudieron. Yo no lo hice, creo que Arturito tampoco, simplemente me dio risa.

Sentí como si estaba en la audición de American Idol y que vería salir bañado en lágrimas y blandiendo su tarjeta de aprobado al que acababa de lograrlo. Ni uno ni lo otro. Entre los jueces no estaban Steven Tyler o JLo y no podríamos haber visto al clasificado porque estábamos muy, muy lejos.

A eso de las 9:45, la fila había avanzado. De seguir a ese ritmo pensé que a las 11 pasaríamos. Nada que ver. Lo que siguió fueron interminables minutos sin movimiento. No sabíamos nada. Entonces, solo había algo por hacer: ensayar, preparar nuestra presentación.

Alejándonos de la fila, comenzamos a prepararnos. Hola, cómo están amigos que nos sintonizan… bla, bla, bla. Saludos a usted que va despertando a esta hora de la mañana… En fin, después de múltiples pruebas, dar vueltas como alma en pena y parecer esquizofrénico que le habla y le pela los dientes a los muros, árboles y basureros, estaba listo. Todo se resumía a 50 segundos.

Arturito también hacía lo suyo. Se había alejado hasta donde estaba el camión de las boquitas, por donde pasaban vendiendo comida. Quizá esa imagen le brindaba inspiración. No lo sé.

Continuamos esperando. Se dieron las 12. Solo habíamos logrado llegar a un costado del edificio. Adelante de nosotros había por lo menos 50 personas, equivalentes a por lo menos dos horas más. Ya en ese momento el sol y el hambre hacían destrozos. Para rematar, los jueces se fueron a almorzar.

Sinceramente, tanto Arturito como yo estábamos reventados, cansados, tostados y sin provisiones para encarar por más tiempo la espera. A eso de la 1:20, me quedé solo. Veinte minutos después, con gran pesar –pensando en que pude haber descansado después de una dura semana laboral, o que pude haber comido mi waffle gigante–, decidí irme.

Camino a casa, mi mente trabajaba sin parar: era una oportunidad interesante, por qué no hice un último esfuerzo, eso y más formaban parte de las recriminaciones que me hacía. Pero cuando los mareos me atacaban, pensaba que había hecho lo mejor.

La radio, eso que me llevó a estudiar lo que hoy me da de comer, me es esquiva. No siento que Arturito y yo hayamos perdido, simplemente dejamos de lado elementos claves para sobrevivir (sobre todo sabiendo del mal que nos aqueja). Solo nos queda aprender de esta madrugada, asoleada… y retirada.

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