Tengo corazón de tortuga

Mis días de entreno regular comenzaron en diciembre de 2002. Justo cuando me gradué del colegio. Y aunque siempre me han gustado los deportes, pues he practicado algunos desde mi niñez, cuando decidí ingresar al gimnasio lo hice por una camisa que ya no me quedaba. ¡Y cómo iba a quedarme si tenía dos años y medio con 0% de actividad física!

Lo que inició como un juego, solo por acompañar a mis amigos, terminó siendo mi rutina, parte de mi vida. Así, a la fecha tengo siete años y cinco meses de frecuentar un gimnasio. Claro que he tenido períodos en los que no puedo ir. Pero siempre termino regresando. Se me hace imposible pensar que no haré ejercicio ya sea corriendo, montando una bicicleta, practicando algún deporte o levantando pesas.

Tras algunos meses de trabajo duro, rápidamente bajé de peso, gané bastante masa muscular, pero pasados unos años decidí buscar definición y quemé mucha más grasa corporal. Por un par de años me mantuve solo corriendo y levantando pesas. Entrenaba de dos a tres horas diarias. A veces iba al gimnasio dos veces al día. Después incorporé el fútbol. Así que, de una u otra forma, me mantenía en movimiento.

Como les decía, hay períodos en los que desaparezco del gimnasio, en los que el cansancio y la pereza me vencen. Cosa que es normal en cualquiera que entrena regularmente. Pero el año pasado lo finalicé mal en términos de rendimiento y en lo que va de 2011, no logró recuperar el ritmo.

Sé que ya no tengo el estilo de vida de hace unos años. Los desvelos, presiones y obligaciones supongo que están haciendo su trabajo silencioso. Empero, desde hace un par de meses percibí que era presa de una fatiga extrema, al grado de sentirme sin energía. Situación que me preocupó.

Me inyecté las vitaminas que en mi último año de universidad me dieron el poder de dormir solo tres horas diarias, ir a clases y trabajar sin tener que saludar a  Morfeo en los buses. Pero esta vez no me funcionó tanto. Así que visité a la doctora de la empresa.

En principio esperaba que me dijera que tenía elevado el colesterol o los triglicéridos. Algo que tendría lógica si tomo en cuenta que mis síntomas empezaron meses después de tener nuevo horario de trabajo, lo que me ha obligado a almorzar en la cafetería de la empresa; reconocida por ser capaz de poner pollón a cualquiera.

Para mi sorpresa, y después de hacerme exámenes, estaba limpio, pero me mandaron a realizarme un electrocardiograma porque mi frecuencia cardíaca es lenta.

Lo primero que se me vino a la mente es que tengo “corazón de atleta”, condición que surge cuando alguien se somete a prácticas de ejercicio intensas y continuadas, lo que transforma el corazón.

Aumento del tamaño del corazón, disminución de la frecuencia cardíaca y engrosamiento de las paredes del corazón, por lo general del ventrículo izquierdo, son los cambios que se desarrollan. Y el resultado de tener un corazón grandototote y fuertototote es que es más eficiente a la hora de bombear sangre, necesitando menos esfuerzo.

Hasta antes de que la doctora me dijera eso, no sentía nada diferente en el pecho. Pero creo que mi mente me está jugando bromas pesadas desde entonces. Y el haber esperado un mes para hacerme el electrocardiograma no me ayudó mucho.

Ir al ISSS de Santa Tecla por el electrocardiograma fue otra aventura. Mi cita era a las 7 de la mañana pero llegué a las 5:40. Era el séptimo en la formación. Antes de las 6 la cola llegaba hasta la esquina. Adentro, un hábitat donde sobrevive el más astuto.

Gracias a la “amable” ayuda de la señorita vigilante, tardé unos dos minutos en encontrar el lugar donde me harían el examen. No sabía ni dónde poner mis documentos o a quién dárselos. Error mío por pensar que estas actividades en el ISSS son claras.

Entre hojas con datos importantes, otras que decían "Sonría", dibujos y más, estaba la "cajita de recepción". Claro, estaba atrás de esas personas.

Pero ese lapso de tiempo bastó para que unos cinco señores se me adelantaran a colocar sus documentos en la “cajita de recepción”. Me molesté por no haberla visto, pero esa amalgama de papel y la fila frente a la puerta del consultorio hicieron que no la detectara. En fin, pensé, algunos ya estaban fogueados en ir a chequearse el corazón. Me llevaban ventaja.

Atmósfera cargada de humedad, llantos de bebés, olores de medicamentos, pláticas de enfermedades, “MoraNegra” sin internet y un retraso de 30 minutos en el inicio de las citas casi hacen que colapse. Y todo para que dicho test durara no más de cinco minutos.

Estoy tratando de pensar en el electrocardiograma como un chequeo de rutina, no quiero caer en el juego de creer que hay algo malo. Sé que debo esperar el resultado. Y mientras eso pasa, a los que me preguntan les digo que seguramente tengo “corazón de atleta”, aunque últimamente he empezado a pensar que todo se resume en que tengo corazón de tortuga.

PD: El pasado 30 de mayo recibí la lectura de mi electrocardiograma. Gracias  a Dios mi corazón está bien. Gracias a Él que solo tengo corazón de tortuga.

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