Cuidados intensivos

¿Alguna vez se han hecho un raspón? Seguro sí. Pues hace una semana volví a pasar por la experiencia de tener dos raspones, uno en cada brazo. Solo que en esta ocasión, a diferencia de cuando era un adolescente, pagué por tenerlos. No di dinero por los raspones, claro, pero es parte del proceso, al menos en este caso.

En mis años mozos recuerdo que era común tener raspones en mi cuerpo, la mayoría provocados por caídas en la cancha de fútbol de la colonia, que hace mucho tiempo era de adoquines. Esa suave superficie de juego aseguraba perder buenas porciones de piel en cada caída. Pero esta vez el origen de los rasponcitos fue una aguja y tinta. O sea: tatuajes.

Todo aquel que se ha tatuado sabe que después de pasar por la creación del dibujo en tu piel, viene el período de cicatrización. Y este paso es muy importante, quizá más que la elaboración del diseño en tu cuerpo.

Y no estoy diciendo que los tatuadotes lo tienen fácil, al contrario; pero si no cuidás de forma adecuada el producto del trabajo que pudo haber llevado horas, botarás el arte de los que hacen de la tinta su empleo. Y eso, tanto desde el punto de vista económico como estético, no es nada bueno.

Tatuarse, al menos para mí, no duele. Pero lo que sí provoca dolor es que tus padres, familia, amigos, compañeros de empleo, etc., te den un efusivo saludo –entiéndase golpe– justo en las áreas donde tienes los cascarones. Cosa que me ha pasado.

Y lo extraño es que no importa dónde te los hagás, siempre habrá alguien que te dará un toquecito y hará que te retuerzas de dolor y pienses que pudo dañar tus tatuajes.

Por ejemplo, mi madre es caso perdido, puedo haberle dicho un minuto antes que tenga cuidado, y al siguiente me pega justo donde no debía solo para llamar mi atención y contarme algo. Mi hermana tampoco tiene remedio: alborotada como ninguna, es una amenaza inminente, no sé cuándo ni de dónde puede venir el golpe (y sí, me golpeó esta vez; también mi madre).

Mi padre, de él mejor me alejo. No hacerlo significa golpe seguro. Así que si sucede, la culpa sería mía. Loyda, coeditora del blog, para mi sorpresa, volviste a darme una palmadita justo en el mismo tatuaje donde meses atrás lo habías hecho. Pero agregaste uno más. El primero pareció deja vú; el otro, no lo esperaba.

En el trabajo he pasado paranoico, pensando en que alguien podría llegar a hablarme y que al hacerlo tomarían mi brazo para llamar mi atención. Pero no pasó. Aunque el andar “tostado” y falto de agilidad en mis extremidades superiores, eso sí me generó inconvenientes para trabajar.

En los buses la situación se vuelve más difícil, pero la solución ha sido viajar en una ruta que siempre va sola, aunque me haga perder más tiempo.

Esa, en resumen, fue mi semana, llena de cuidados para tratar de obtener el mejor resultado en esos diseños que me acompañarán hasta el día que dé mi último suspiro.

Recuerden, tatuarse no duele, pero la picazón que da el cascarón, eso no es de Dios.

PD (serán un par de una vez):
1. Agradezco a los colegas del trabajo porque desde que supieron de los tatuajes, han hecho todo lo que está a su alcance para no golpearme.

2. Realmente el cuidado de los tatuajes es simple, solo requiere de lavarse con jabón antibacterial unas dos o tres veces por día. Y antes de emplear cremas cicatrizantes o algo similar, consúltelo con su tatuador.

3. No me hice otros tatuajes, me rehicieron los de la cruz y la tortuga que me acompañan desde diciembre de 2010. Yasser Arafat, ahí desde (la) Jerusalén, es testigo de dónde está el lugar en el que un tal Denis Chávez hizo un pésimo ¿trabajo?, entiéndase diseños con espacios sin tinta y, lo peor, pequeñas heridas en uno de mis brazos.

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2 pensamientos en “Cuidados intensivos

  1. ¿Y por qué te sopapean tanto pues? será porque sos hombre. Si fuera yo creo que no tendría ningún problema, aquí en el trabajo nadie se toca, ni la mano se dan.

    • Jajajaja no es siempre y es solo un compañero el que no puede hablar sin antes llamarte con una palmada. Pero esta vez se logró contener.

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