Liberando tortugas marinas en El Salvador

El mundo está lleno de infinidad de seres de distintos tamaños y colores, y cada uno de ellos cumple una función específica para mantener el balance de este globo llamado Tierra. Sin embargo, y como ha sido la tónica en las últimas décadas, el depredador más voraz que ha pisado este planeta se ha encargado de amenazar la supervivencia de muchas especies, entre ellas a las tortugas marinas.

Como si no fuera suficiente saber que de cada mil quelonios solo uno llega a la edad adulta, aproximadamente luego de 15 años, y es capaz de reproducirse, el hombre se ha encargado de poner más obstáculos en su camino: algunas mueren por prácticas de pesca inadecuadas, otras son asesinadas para crear diversos productos y sus huevos se comercializan aún cuando está prohibido por la ley.

Pero no todos los humanos son así. Existen algunos que gustan de apreciar de la belleza de estos increíbles animales, que desde el momento que nacen viven una gran batalla para sobrevivir, crecer y ser capaces, lo que es más sorprendente, de regresar a esa misma playa donde nacieron para volver a dar inicio a ese ciclo de vida.

Y es así como el pasado sábado 3 de septiembre, los integrantes de Desde el Caparazón y varios amigos más acompañamos a la Fundación Zoológica de El Salvador (FUNZEL) en la liberación de neonatos de tortugas Golfinas, que junto a las Carey, Baule y Prietas son las especies de tortugas marinas que visitan las playas de El Salvador.

Difícilmente se pueden encontrar palabras para describir lo que se siente al ver a esas pequeñas creaturas esperando ser liberadas para encontrarse con el océano. Sostenerlas en tus manos te permite percibir la fuerza que encierran en sus diminutos cuerpos, y que es la única herramienta que tienen para emprender ese viaje del cual solo los más aptos sobrevivirán.

Llegado el momento de ser libres, los neonatos demuestran que la naturaleza no deja nada al azar. Colocadas en la arena como si de una carrera se tratara, tras unos segundos de aparente duda y luego de ver su primera ola rompiendo ante sus ojos, cada pequeño quelonio comienza a mover sus aletas de manera frenética para sumergirse en ese vasto mar cuyas aguas serán su hogar, les darán alimento y les pondrán innumerables pruebas antes de que sean capaces de mantener en vida a su especie.

Así, tras unos breves instantes, esos caparazones aparentemente frágiles se pierden en las corrientes del océano Pacífico y emprenden una particular lucha, una de la que solo las más aptas sobrevivirán y que les llevará más de 15 años para volver a esa arena de la cual acaban de partir.

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