Esos peces playeros…

El Salvador, La Pirraya, San Sebastián y Rancho Viejo son nombres que han quedado grabados en piedra. Decir Agustín, Frank, Wilber, Walter o la Azul playera es sinónimo de héroes. Y ellos, solamente ellos, son los responsables de unir a un pueblo, de borrar  de nuestras mentes los males que nos agobian día a día para dar paso a la alegría, a la ilusión.

Su entrega, humildad y deseos de superación les permitieron aprender de sus caídas, que nunca fueron derrotas. De a poco se abrieron paso en el panorama mundial y en el corazón de la afición. Clasificaron a Marsella, fueron campeones de CONCACAF, ganaron boleto a Dubái y por último, llegaron a la cita de Rávena.

Y fue este año en el que confirmaron que querer es poder, que no hay limitantes cuando las cosas se hacen con amor. Llevaban como objetivo un triunfo, nos regalaron un hito hasta ahora desconocido para el balompié nacional: la Azul de playa es la cuarta mejor escuadra del mundo y tenemos al tercer mejor jugador y goleador del certamen.

Para la FIFA son el cuarto lugar, pero en el corazón de cada salvadoreño son campeones. Y ahí no hay políticos, dirigentes ni corrupción capaces de empañar sus logros, de moverlos del puesto que han alcanzado.

Por ellos portar el azul y blanco ha tomado otro significado, por su entrega gritar ¡El Salvador! es un orgullo y por su sencillez decir soy salvadoreño es un honor. Ellos, esos peces playeros, cambiaron la lógica y han sido capaces de atrapar en sus redes a más de 6 millones de salvadoreños.

Gracias por todo…

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