La medalla

Y entonces… le ayudé a levantarse. Raspado y sin poder mover bien la rodilla, lentamente comenzamos a caminar. La decisión estaba tomada. No había vuelta atrás.

“Prohibido detenerse”, eso me repetía una y otra vez al iniciar la última de cuatro vueltas a un circuito de 10 cuadras de un maratón que organizaba el colegio donde estudiaba. Llegada esta etapa de la carrera, tenía una buena posición, y veía posible alcanzar a los líderes. Eso me dio más ánimos y me hizo creer que subir al podio no era un sueño. Entonces, aumenté el ritmo.

Llegada la recta final, compuesta de cuatro cuadras, había logrado colarme entre los primeros cinco lugares. El nerviosismo aumentaba, las personas que veían la carrera gritaban dándonos ánimos. Yo quería mi medalla.

El sudor manaba sin cesar y la sed se volvía mi peor enemiga a tan poca distancia de la meta. Adelante de mí, uno de los mejores corredores del salón: espigado, piernas largas, de gran resistencia y ganador de todas las carreras que recordaba. Su estrategia, el sprint sobre los últimos metros. Siempre le funcionaba.

Decidí mantenerme detrás de él y aprovechar dicha jugada. Sus zancadas me daban problemas, pero le seguí el ritmo. Comenzó a acelerar. Yo también. Se veía venir un cierre casi de fotografía. Tres, dos, uno… ¡ahora!

Estábamos a tres metros del tercer lugar. Dos, tres, cuatro zancadas, y adiós.  El que era el segundo lugar rápidamente fue absorbido por el sprint endiablado que llevábamos. Los gritos, los aplausos y  los silbidos iban en aumento. Estaba más que emocionado. Me ubicaba en tercer lugar y la meta estaba muy cerca.

Cuando parecía que alcanzábamos al líder, el espigado corredor delante de mi tropezó. Aún con la velocidad que llevaba y lo cerca que estaba de él, logré esquivarlo. Por un instante, el alboroto a nuestro alrededor cesó. Lentamente giré mi rostro y lo vi tendido en la calle, hizo un intento por levantarse, no pudo. Esta era mi oportunidad. El segundo lugar estaba en mi bolsillo y tenía chances de ganar.

Y entonces… tras ayudarlo a ponerse de pie, vimos pasar a los dos que acabábamos de superar. Luego, uno, dos, tres y más corredores nos dejaban atrás. A falta de dos cuadras, la medalla había desaparecido, el podio siguió siendo -y siempre fue- un sueño. Pero siempre lo recuerdo como el mejor maratón que tuve.

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