Bunbury convirtió Tegucigalpa en aguardiente

El pasado 20 de marzo, Enrique Bunbury se presentó en el Nacional de Ingenieros Coliseum, en Tegucigalpa, Honduras. La cita formó parte de la gira latinoamericana con la que Bunbury promociona el “Licenciado Cantinas”.  El zaragozano, en compañía de Los Santos Inocentes, hizo vibrar a los asistentes con un espectáculo lleno de energía. Lo mejor de todo, estuve ahí.

Al fin supe qué es estar frente a mi ídolo musical, de una vez por todas borré el triste recuerdo de haber estado cerca de verlo en 2008, cuando vendría a El Salvador. Ahora ya no solo diré que fui al concierto en 3D que se exhibió en el cine. Esta vez menos de tres metros me separaban de “El Licenciado”.

Empero, el viaje no fue sencillo. Primero, tuve problemas con la reservación de mi entrada, algo así como que me habían timado mi anticipo; segundo, llevábamos una hora de retraso; y tercero, aunque llegamos a las 7:40 p. m. a Tegucigalpa, no podían imprimir nuestras entradas.

El retraso en la taquilla nos afectó a los 32 salvadoreños que nos lanzamos en esta aventura. El tiempo pasaba y la desesperación se apoderaba de nosotros. A las 8:20 sucedió lo peor. Escuchamos gritos, aplausos y una ovación total, lo que nos pareció extraño. “Debe ser bueno el telonero”, me dije. Pero los acordes de “El mar, el cielo y tú” solo significaban algo: Bunbury estaba en el escenario.

Las primeras palabras del español fueron: “Honduras, gracias por tu apoyo, esta noche la pasaremos muy bien”. Pero nosotros la pasábamos mal. Luego sonaron “Llévame”, “El Solitario” (aún me duele haberla oído desde la calle), “La señorita hermafrodita” y “El extranjero”. En ese momento la frase “el cielo está dentro de uno, pero está el infierno también” tomó otro significado para mí.

El público estaba más que enloquecido con ese arranque demoledor. Antes de finalizar “El extranjero”, llegaron nuestros boletos. ¡Al fin! Lo tomé, corrí a la entrada, atravesé el pasillo a toda velocidad. Atrás quedó el enojo, la desesperación, la decepción.

Al principio la impresión de estar tan cerca del escenario me dejó en shock. Pero los acordes de “Ódiame” me hicieron reaccionar y borraron todo lo malo. Era momento de disfrutar.

La siguiente rola fue “Los habitantes”. La piel se me erizó. No hubo regreso. Me dejé llevar y formé parte de las cientos de voces que cantaban con todas sus fuerzas. “No me llames cariño”, “Ánimas, que no amanezca”, “Solo si me perdonas” y “El día de mi suerte”  desataron aún más la euforia de los asistentes al espectáculo.

Aproximadamente a las 9:45, Bunbury se despidió. Las luces se apagaron, la banda desapareció. En ese momento la comunión entre el público y el artista era increíble. Yo sabía que no era el fin. Además, solo una canción podía cerrar su show y no había sonado aún.

Pero algo faltaba. Lo único que no había escuchado hasta ese momento era un coro típico en sus toques, uno que se grabó en mi mente de tanto oír el “Pequeño cabaret ambulante”, el “Freak Show” y el “Gran Rex”. Entonces comencé a gritar ¡Enrique… Enrique… Enrique!

El de al lado me siguió, luego se unió otro, y otro. Parecía irreal, pero había iniciado ese coro. De pronto los aplausos y silbidos pasaron a ser un grito al unísono. Todo el Coliseum clamaba por Enrique. Y no defraudó. Estaba de vuelta.

Clásicos como “” y “Sácame de aquí”, canciones que para mí fueron y siguen siendo como himnos, nos llevaron a otro nivel. Estaba atónito. Por años esas rolas solo habían estado en mis CD. Ahora la experiencia era en directo. 

“¡Honduras, no debimos dejar pasar tanto tiempo!”, así Bunbury retornaba por segunda ocasión al escenario. Los hondureños, salvadoreños, nicaragüenses y costarricenses que presenciábamos el espectáculo solo pudimos agradecer con una lluvia de aplausos. El final se acercaba.

Y la antesala al cierre no podía ser mejor. “Infinito” y “Bujías para el dolor” prepararon el terreno para despedir ese viaje delirante, lleno de energía desgarradora y melancolía. Bunbury, como si estuviera iniciando la velada, entregó todo para interpretar “Y al final”. Luego, de rodillas, se rindió ante sus fanáticos.

Sin duda fue una noche cantinera, espectacular. “No se olviden de nosotros, que nosotros no nos vamos a olvidar de ustedes. Hasta siempre”, dijo Enrique antes de abandonar el escenario. Estoy seguro de que jamás olvidaré esta experiencia, y menos después de que Tegucigalpa se convirtió en aguardiente y nos ahogamos en buen rock.

PD:

Los videos de  Ódiame y Sí son fragmentos. Los habitantes, El día de mi suerte, Bujías para el dolor y el gran cierre, Y al final, están completos. 

Acá les dejo el set list: El mar, el cielo y tú; Llévame; Si no fuera por ti; El solitario; La señorita hermafrodita; Ódiame; Los habitantes; No me llames cariño; Ánimas, que no amanezca; Solo si me perdonas; Sácame de aquí; Que tengas suertecita; El día de mi suerte; De todo el mundo; Sí; El hombre delgado que no flaqueará jamás; El cielo está dentro de mí; Porque las cosas cambian; Infinito; Bujías para el dolor; Y al final.

 

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Un pensamiento en “Bunbury convirtió Tegucigalpa en aguardiente

  1. Para mi, Enrique Bunbury es y será siempre un maestro de la música rock en español, de la misma forma en que siempre lo serán también Pedro Andreu, Joaquin Cardiel y juan Valdivia.

    Héroes del Silencio… Héroes por siempre…

    Saludos.-

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