Pude irme 20 años atrás…

… pero no. No morí. Y no porque yo lo evitara. Realmente ni siquiera estaba consciente cuando la muerte me abrazó por un instante.

Agosto trae a mi mente la Semana de la Juventud en el Colegio Santa Cecilia, la “maratón”, que realmente eran como 10 cuadras, en la que participábamos el último sábado de esa semana.

Este mes me recuerda esa ropa que estrené en aquella visita a mi tía en Zacamil, a la que no quería ir: una bermuda gris que hacía juego con la camisa negra de mangas grises. Y, claro, no podían faltar mis lentes “oscuros”.

No he podido olvidar cómo ese sábado de agosto de 1994 imploré a mis padres que me dejaran solo en la casa porque ya estaba grande. Ya tenía 9 años. Pero no lo logré.

Resignado, abordé con mi familia un bus de la ruta 30-B (ah, ruta maldita, pasaron casi 10 años antes de que volviera a subirme a una de tus unidades). Eso es lo último que recuerdo de cuando íbamos rumbo a la casa de mi tía. Nunca llegamos.

Lo que sucedió después fue una vertiginosa lucha por aferrarse a la vida. Otro bus chocó contra la unidad en la que íbamos, en el redondel frente a la UES. El impacto, dijo mi padre, fue del lado donde yo iba, solo que dio de lleno varios asientos adelante.

Yo nunca escuché ni vi nada pues me dormí, con mi rostro recostado en el vidrio que seguramente es el responsable de algunas de mis cicatrices. Mi padre me contó que me encontró atrapado bajo un asiento.

Aún ahora me preguntó como mi papá tuvo la fuerza para sacarme a mí y a una tía de esos hierros retorcidos.

Pues en esa visita frustrada íbamos seis personas: mi madre, que solo se golpeó una pierna; mi padre, que tuvo una lesión en la boca; mi hermana, que ahora luce una pequeña cicatriz en la frente; un primo, que se abrió la ceja; y los que nos llevamos la peor parte, mi tía y yo.

Eran las 2 de la tarde y nunca vi la desesperación de la gente, nunca oí el griterío ni supe, hasta mucho tiempo después, que en medio de ese caos bolsearon a mi madre y nos dejaron sin un peso (“No hay límites para la vileza, para la bajeza, en ciertos seres humanos”. El paraíso en la otra esquina).

De ahí todo es borroso, casi como un sueño. Sonidos distantes, edificios y luces de formas increíbles. Un cuerpo distorsionado, una mujer (mi madre), moviéndose alterado y gritando sobre mí mientras vamos en un taxi rumbo al hospital Zacamil.

Supongo que el espectáculo de ver a su cipote abierto de la cabeza, cara y quijada no era muy agradable. Luego volvió la oscuridad.

Lo siguiente fue despertar en medio de mi operación. No pude decir ni ver nada, tenía una especie de tela en la cara. Recuerdo perfectamente a los doctores chistando, riendo y oyendo música mientras metían la aguja una y otra vez en mi cara.

No sentí dolor, pero percibí un par de veces el jalón de la aguja. Lo peor fue la sensación de ahogamiento, pues me echaban agua constantemente, quizá para limpiar la sangre y sacar esquirlas de vidrio. Y de nuevo me sumí en un profundo sueño.

Cuando salí del quirófano eran como las 11 de la noche. En un pasillo del hospital, no sé cuánto tiempo después, vi a un hombre con su camisa de extraño color rojo que, titubeante, se acercó a mi camilla, me miró y comenzó a llorar. Gracias por ese abrazo, padre. Gracias por el valor mostrado ese día.

Aún en mi confusión recuerdo que vi a mi madre que cargaba a mi hermana, a mi primo que lloraba y me tendió una mano cuando pasaron mi camilla junto a la suya. Menuda estampa la de la momia que pusieron frente a él en ese frío pasillo del hospital.

Mi tía, mientras, seguía en el quirófano pues tuvo severas lesiones en la cabeza y cara.

Lo último que recuerdo de ese día es que me metieron a un microbús para trasladarme a un hospital de Santa Tecla (había que estrenar el seguro de vida del colegio). En ese lugar pasé internado un buen rato.

Pude irme 20 años atrás. Pero no morí. Y doy infinitas gracias a Dios por este segundo chance.

 

PD: Los lentes “oscuros” me salvaron de quedar choco. Algunas esquilas del vidrio del bus quedaron en ellos.

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Un pensamiento en “Pude irme 20 años atrás…

  1. Esas segundas oportunidades nunca se olvidan quiza uno no recuerde varias cosas pero cuando terminan de armar lo que vos recordas con lo que los otros vieron solo podes pensar “si todo eso paso como sigo aqui?” Pero esas segundas oportunidades son por algo que debemos cumplir aqui aun. Saludos 🙂

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