Violencia

Hace siete meses que trabajo en una ONG que desarrolla proyectos en torno al tema de seguridad pública y prevención de la violencia en un país donde la violencia es pan de cada día.

En 2014, El Salvador fue clasificado por la ONU como uno de los cinco países del mundo con la mayor tasa de mortalidad por cada 100,000 habitantes.

Según cifras de la Policía Nacional Civil, en El Salvador hubo 3,912 muertes violentas el año pasado, mientras que el Instituto de Medicina Legal da cuenta de 3,942,

No es tarea fácil la que tenemos quienes salimos a la calle cada día con una sola idea en mente: cambiar el rumbo de este país. Porque el tema de la violencia, en concreto, tiene tantas aristas que incluso para plantear un proyecto abundan las limitaciones.

Los presupuestos de cooperación internacional, en la mayoría de casos, parecen insignificantes ante tanta necesidad. Porque donde sea que vamos vemos brotar la violencia: niños, jóvenes, mujeres, hombres, familias completas.

Recientemente estoy trabajando con un grupo de muchachos de entre 15 y 21 años. Todos vinculados a pandillas. Todos adictos a la marihuana. Todos miembros de hogares rotos. Todos han dejado la escuela. Todos han decidido que el “negocio” de la violencia es la mejor forma de sobrevivir. Todos creen que no pasarán de los 30 años.

Es una realidad que duele y entristece.

Dan ganas de salir corriendo todos los días.

Sin embargo, cientos de personas en todo El Salvador arriesgan su vida todos los días para mostrar a jóvenes como estos que hay caminos que pueden llevarlos a otros resultados. Hay profesores luchando por dar una educación de calidad a sus estudiantes, pese a las grandes falencias del sistema educativo. Hay madres y padres trabajando de sol a sol y esforzándose cada día por no perder de vista a sus hijos.

La violencia asusta, desespera, indigna, enmudece, enoja, etc.

Pero combatirla es responsabilidad de todos. No podemos dejarle todo al Estado, aunque sí debemos exigirle que haga todo lo que esté a su alcance para prevenirla y combatirla.

Desde el cambio más pequeño que podamos hacer en nuestro hogar, en el trabajo, en la calle, en lugares públicos. Todo aporta a lograr que nuestras ciudades y las sociedades sean mejores.

Quizá nos es culpa de nuestra generación que la situación actual sea tan deplorable, pero sí es nuestro deber hacer todo lo que esté a nuestro alcance para cambiarlo. La cortesía básica con otras personas, la educación familiar y escolar, los principios y los valores morales-humanos. Todo abona.

Respetemos, amemos, demostremos que queremos paz practicándola.

Y más que quererlos convencer a ustedes con este texto, intento convencerme a mí misma de que lo que hago cada día de mi vida no va a quedar en el olvido, sino que es parte de un gran todo que estamos construyendo desde distintas trincheras.

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